Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar – hermanos de letras

En este post voy a quitarle algo del romanticismo bloguero que rodea a la amistad entre Julio y Alejandra, sugiriendo que  ésta fue más allá conviertiéndose en amor. Las bases de esas conjeturas pueden ser las cartas y dedicatorias cariños que se escribieron, o quizás aquella vez que Alejandra públicamente miró a Julio y le dijo ” Yo soy la maga” provocando una sonrisa cómplice de Julio, que la quería tanto jamás la hubiera contradecido.

La realidad es que Alejandra conoció a Julio  en 1960 , cuando él estaba casado con Aurora Bernárdez  su primera esposa y Alejandra era una recién llegada a Paris que escapaba de sus fantasmas, dolores y psicoanalista. La pareja la cobijó, la quiso desde el primer momento y actuaban como hermanos mayores con un cariño casi paternal.

Las palabras que obsesionaban a Alejandra se han convertido en las únicas huellas para rastrear algo del cariño que unió a dos seres geniales, surrealistas y mágicos.  Las que más me conmueven son la última dedicatoria de Alejandra a Julio,  en su libro “La pájara en el ojo ajeno” donde advertimos una letra temblorosa, ideas transformadas en notas desordenadas y ella le cuenta que se encuentra en el psiquiátrico. ( Comparto la imagen de la dedicatoria original extraída de la página del Centro Virtual Cervantes). También me parece tierna la carta de Julio a Pizarnik ( la última que le escribió) en la que persuade a su amiga de cometer suicidio , regañando a su “bicho” ( así la llamaba) enérgica pero cariñosamente. Esa carta no logró impedir que ella se suicidara en 1972. Julio le dedicó un poema que en otra oportunidad compartiremos.

Saludos poéticos,

Cronopiomaga

(Extraído de la web del Centro Virtual Cervantes)

Esta transcripción de la dedicatoria la hizo Blanca Berastegui para EL CULTURAL :

Julio este textículo les parece joda. Solamente vos
sabés que el más mínimo chiste se crea en
momentos en que la vida est à l’auteur de la
morte. Muy tuya Alejandra.
Julio fui tan abajo. Pero no hay fondo
Julio, creo que no tolero más las perras palabras

La locura, la muerte. Nadja no escribe. Don Quijote
tampoco.
Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera
entender tan sospechosamente bien sus
posibilidades de la imposibilidad.
PS
Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de
tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo
(ahora, oh Julio) de la locura y de la muerte. (Hace
dos meses que estoy en el hospital. Excesos y
luego intento de suicidio —que fracasó, hélas)
PS En el hospital aprendo a convivir con los últimos
desechos. Mi mejor amiga es una sirvienta de 18
años que mató a su hijo. Empecé a leer Diarios. Te
apruebo mucho políticamente. Tu poema de
Panorama es grande porque me hizo bien (lo leí en
el hospital).

(Extraído de la web del Centro Virtual Cervantes)

(Extraído de la web del Centro Virtual Cervantes)

(Extraído de la web del Centro Virtual Cervantes)

(Extraído de la web del Centro Virtual Cervantes)

Carta de Julio a Alejandra

Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.

Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo.

El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima.

Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.”

Anuncios

John Keats y Fanny Brawne …la historia de un gran amor

Corría el verano de 1818 y John Keats se establecía en la residencia de Londres  ( Wentworth Place) que su amigo Charles Brown alquilaba  junto con la familia de una muchacha,  de 18 años igual que él, llamada  Fanny Brawne .  Ella quedó impresionada con la sensibilidad y los poemas de Keats, poco a poco fueron enamorándose en secreto y ella se convirtió en la musa inspiradora de sus poemas y cartas románticas. Existía un problema que impedía que ambos se casen, John Keats era un poeta pobre, pese a su enorme talento no habia podido publicar un libro exitoso que pudiera  hacer que  gane algo de dinero  para  ofrecer una dote, casarse  y dar estabilidad a Fanny. Lo que sí pudieron hacer fue comprometerse en 1919.

Los últimos tres años de vida de Keats fueron los más prolíficos como poeta, sin embargo también significaron los peores respecto a su salud, se enfermó con tuberculosis. Tras haber sido comunicado por su doctor que la mejor opción para recuperarse era alejarse del clima húmedo y frío de Londres, amigos suyos reunieron dinero para conseguirle un  pasaje y su estadía en Roma. Lastimosamente Keats murió en 1821 y lo que es peor lejos de su amada Fanny. Ella se casó diez años más tarde, pero nunca pudo olvidar a su gran amor y se convirtió en la portavoz de su obra. Casi cincuenta años después se publicaron las cartas entre ellos, que son las más románticas, sensibles, tiernas y poéticas que personalmente he leído y que seguramente ocuparan posts de este blog.

Julio Cortázar estuvo un tiempo obsesionado con la obra y vida  de Keats, casi nadie sabe que escribió en su juventud todo un tratado de su obra “Imagen de John Keats” ,  un libro de más de 800 páginas, que seguramente podía haber sido una  excelente tesis doctoral en alguna de las academias  literarias que él no soportaba. El artículo que subo al post es un extracto de esa obra y va sobre ese amor dramático y conmovedor  entre John y Fanny ( La Batalla de amor de John Keats).

También comparto el link del trailer de la  película “Bright Star” ( Estrella Brillante)  o “El amor de mi vida”  del 2009, si quieren empaparse de ese amor, esta peli es una buena opción para hacerlo.

Saludos poeticos,

Cronopiomaga

La Batalla de Amor de John Keats ( Julio Cortázar)

 

John Keats y su Ruiseñor

John Keats ( 1795-1821) es uno de los poetas más importantes del romanticismoo inglés, aunque durante su corta vida su obra fuera duramente criticada, tanto que  murió creyéndose un escritor fracasado.  Afortunadamente pudo contar en vida con la amistad y admiración de un par de poetas famosos  que la historia reconoce junto con  Keats como  los máximos exponentes románticos ingleses: Lord Byron y Percy Shelley. De ésta amistad entre ellos y del amor romántico con final dramático y conmovedor entre John Keats y Fanny Brawne ( su musa durante los dos últimos años de su vida) les contaré en próximas entradas del blog.

Hoy comparto uno de sus poemas  titulado “Oda a un Ruiseñor”, bien dicen los que saben de poesía,  que el poeta encuentra su máxima inspiración en el amor y en la naturaleza,  este poema es una clara muestra de ello. Felizmente hoy en día se cuentan con magníficas traducciones  como ésta de Juan González- Blanco de Luaces.

Saludos poéticos,

Cronopiomaga

 

Oda a un ruiseñor

Me duele el corazón y aqueja un soñoliento
torpor a mis sentidos, cual si hubiera bebido
cicuta o apurado algún fuerte narcótico
ahora mismo, y me hundiese en el Leteo:
no porque sienta envidia de tu sino feliz,
sino por excesiva ventura en tu ventura,
tú que, Dríada alada de los árboles,
en alguna maraña melodiosa
de los verdes hayales y las sombras sin cuento,
a plena voz le cantas al estío.

¡Oh! ¡Quién me diera un sorbo de vino, largo tiempo
refrescado en la tierra profunda,
sabiendo a Flora y a los campos verdes,
a danza y canción provenzal y a soleada alegría!
¡Quién un vaso me diera del Sur cálido,
colmado de hipocrás rosado y verdadero,
con bullir en su borde de enlazadas burbujas
y mi boca de púrpura teñida;
beber y, sin ser visto, abandonar el mundo
y perderme contigo en las sombras del bosque!

A lo lejos perderme, disiparme, olvidar
lo que entre ramas no supiste nunca:
la fatiga, la fiebre y el enojo de donde,
uno a otro, los hombres, en su gemir, se escuchan,
y sacude el temblor postreras canas tristes;
donde la juventud, flaca y pálida, muere;
donde, sólo al pensar, nos llenan la tristeza
y esas desesperanzas con párpados de plomo;
donde sus ojos claros no guarda la hermosura
sin que, ya al otro día, los nuble un amor nuevo.

¡Perderme lejos, lejos! Pues volaré contigo,
no en el carro de Baco y con sus leopardos,
sino en las invisibles alas de la Poesía,
aunque la mente obtusa vacile y se detenga.
¡Contigo ya! Tierna es la noche
y tal vez en su trono esté la Luna Reina
y, en torno, aquel enjambre de estrellas, de sus Hadas;
pero aquí no hay más luces
que las que exhala el cielo con sus brisas, por ramas
sombrías y senderos serpenteantes, musgosos.

Entre sombras escucho; y si yo tantas veces
casi me enamoré de la apacible Muerte
y le di dulces nombres en versos pensativos,
para que se llevara por los aires mi aliento
tranquilo; más que nunca morir parece amable,
extinguirse sin pena, a medianoche,
en tanto tú derramas toda el alma
en ese arrobamiento.
Cantarías aún, mas ya no te oiría:
para tu canto fúnebre sería tierra y hierba.

Pero tú no naciste para la muerte, ¡oh, pájaro inmortal!
No habrá gentes hambrientas que te humillen;
la voz que oigo esta noche pasajera, fue oída
por el emperador, antaño, y por el rústico;
tal vez el mismo canto llegó al corazón triste
de Ruth, cuando, sintiendo nostalgia de su tierra,
por las extrañas mieses se detuvo, llorando;
el mismo que hechizara a menudo los mágicos
ventanales, abiertos sobre espumas de mares
azarosos, en tierras de hadas y de olvido.

¡De olvido! Esa palabra, como campana, dobla
y me aleja de ti, hacia mis soledades.
¡Adiós! La fantasía no alucina tan bien
como la fama reza, elfo de engaño.
¡Adiós, adiós! Doliente, ya tu himno se apaga
más allá de esos prados, sobre el callado arroyo,
por encima del monte, y luego se sepulta
entre avenidas del vecino valle.
¿Era visión o sueño?
Se fue ya aquella música. ¿Despierto? ¿Estoy dormido?